La vida porteña

En Valparaíso, la pregunta siempre fue la misma.
¿Y qué es lo que tiene?
¿Qué tienen las casas, los perros, la ciudad?

Bueno, Valparaíso tiene a Cristina, mi amiga.
Tiene casitas y casotas apretujadas entre cerros y colores.
Ascensores al alma,
trolebuses al verde con amarillo.
Esa intensa “O” que lleva y trae.

Valpo tiene pájaros que follan de día y de noche,
me tiene hoy, sin cámara pero con birome.
Tres cañones en Playa Ancha.
Mil Terremotos.
Un ensayo de alerta todos los jueves pasado el medio día.

Pero no tengo el paraíso.
Necesito reconciliarme con la vida,
pedirle perdón a mi hermano y perdonarle también.

En el entretenimiento porteño,
la gente se embriaga y camina.
Sube y baja lomas,
canta lomas.

Veo lobos marinos.
Son casi las 19 de este verano 2017
y los amantes de piel brillante
andan tomaditos de la mano,
de la cintura,
pololeando frente al sol.

 

Continuum

Estamos vacíos y nos sentimos tan desprotegidos. Sobre todo cuando nos roban; alguien arrebata y se lleva lo que pensábamos nuestro, entonces caemos en la cuenta de que tenemos nada.

Por eso buscamos a dios en el templo, en los garajes de las casas, en el beso de un amante.
Nos criaron con amor pero crecimos solos, con esa soledad suave que desaparece cuando se expresa en palabras.

Así es como seguimos vivos.

La luz

Cuando se va la luz, en este pueblo hay una sensación de libertad y estupor generalizada.

Las señoras salen a mirar por la ventana, otras abren la puerta y van con una linterna o una vela en la mano. Los señores se agrupan y hablan. Los niños enloquecen en la calle, a mi gato se le dilatan más las pupilas y le dan ganas de carreritas.

Cuando se va la luz, es como si todos compartiéramos una misma pregunta y ansiáramos comer la misma respuesta desde las ventanas, desde las puertas, sentados en la vereda.

Después llega la luz y todos se alivian, todos vuelven a la libertad y al estupor adentro, en sus casas.

mirtle

Channeling hundertwasser. Mirtle

 

Aniversario de cubículo

Atención: lo que sigue son retazos de miseria vistos con desprecio. Evidencia de una observación* descontrolada, subjetiva, irresponsable e incorrecta que me he negado a abandonar y que en cambio, dejaré escrita sin más.

La escena es esta:

Un espacio de 3×3 metros iluminado con luz blanca. Sí, de esa que usan los ortodoncistas en sus consultorios.

Un cubículo que se llama a sí mismo oficina, porque suele alojar un gato durante más o menos ocho horas al día. Las paredes, silla y escritorio ya huelen al gato, cuadro nauseabundo aunque exhale un Bvlgari.

Globos de colores surtidos, inflados a pulmón y pegados en el techo con cinta adhesiva. Propiedad .inc.

Papelitos de colores sobre el escritorio y un friso que dice “Feliz cumpleaños”. Antónimo de sutileza abominablemente suspendido justo arriba de la computadora.

Para que la sorpresa simulada sea un fraude auténtico, es importante que otros oficinistas traigan ofrendas, caramelos y chocolates. El segundo hogar no es la jungla.

Y es que también son importantes los colores, los papeles, los globos. Y los colores y los papeles y los globos. Porque si no, ¿entonces cómo celebra la oficina?

Siete vidas tiene el gato, un año más de cubículo.
¿Cuántas vidas llevará en esas?

* Cómo me repugnan las fotos de cubículos cumpleañeros

1

 

Línea de hospital

Es como si tuviera un muerto adentro.
Me altera el sueño,
me jode la vida,
me pinta hacedora de frustraciones.
Doce años de hogar en tus manos y envíos a la mierda,
es cierto, comíamos pizza basura y no sabíamos nada de la vida,
pero el universo era mucho más estable.

A dónde fue mi interés por las palabras
y el ímpetu que confundí con vitalidad.
Pasa que te hallaste conmigo,
pero yo sólo me hallé en ti,
De tobillos concedo,
soy un esperpento.

 

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Federico García Lorca. Manos cortadas. 1935 – 1936.