Línea de hospital

Es como si tuviera un muerto adentro.
Me altera el sueño,
me jode la vida,
me pinta hacedora de frustraciones.
Doce años de hogar en tus manos y envíos a la mierda,
es cierto, comíamos pizza basura y no sabíamos nada de la vida,
pero el universo era mucho más estable.

A dónde fue mi interés por las palabras
y el ímpetu que confundí con vitalidad.
Pasa que te hallaste conmigo,
pero yo sólo me hallé en ti,
De tobillos concedo,
soy un esperpento.

 

garcia-lorca-manos-cortadas-1935-1936

Federico García Lorca. Manos cortadas. 1935 – 1936.

Comer serpiente y comer tejido

Estaba en un jardín húmedo y frío, tenía mucha hambre y lo único que había, era una pequeña serpiente revolviéndose sobre una roca. Recordé que antes de despertar allí, había visto los puños de mi saco café, rasgados y más cortos.

Tomé la serpiente con el pulgar y el índice, como si fuera algo extraño. La llevé a mi boca y con los incisivos, la mordí. Sentí que escurría sangre caliente por mi labio inferior y mi mandíbula. Me gustó. Me sentí tan animal, como ella misma cuando me miraba desde la roca.

Alguien más me veía con ojos de reprobación. Era otra mujer, no se quién, pero la inspección que hacía sobre mis labios, me provocaba cierto placer bestial. Acabé con la serpiente y empecé a deambular caminando como si fuera digitígrada.

Vi la corteza de un árbol aflojándose, porosa y calada. Pensé que también podría comerla algún día, en caso de sobrevivir y no salir de ese jardín jamás.

Una presión sobre la garganta, como si una mano invisible me estuviera estrangulando, me cortaba la respiración. La angustia y el estrujamiento me estaban asfixiando.

Waving to the forest Mirtle

“Waving to the forest”
Mirtle

Supe que la cena reptil había sido una fantasía del lugar. Pensé que en realidad tenía atragantada en la garganta, una costra de ese árbol filtrable y suculento.

Abrí la boca y otra vez con el índice y el pulgar hurgué a través de mis amígdalas. Allí estaban, me rasgaban la laringe, y poco a poco empezaron a arrastrarse y estirarse sobre mi lengua. Eran dos trozos alargados, cafés.

Los puse en el suelo. Después de recuperar el ritmo de mi respiración, inspeccioné los fragmentos con todos los dedos. Descubrí que no eran ásperos sino elásticos. Mis manos y las lonchas misteriosas se estaban colmando de tierra negra, y entre más trataba de limpiarlas para descubrir su naturaleza, más se impregnaban y se oscurecían.

Con resignación entregué mi empresa al terreno, miré de nuevo mis manos, vi que tenía el saco café puesto y que los puños estaban rasgados.