Sucesivo y finito

Fui a verle después de recoger un libro. Me escribió que estaba cortísimo de dinero y preguntó si no me importaba juntarnos en su estudio.

En su estudio, refugio hiper individual y mágico-trágico. Un computador semi descompuesto, una chimenea adolescente, cama para uno con manta eléctrica. Un decano de facultad sin un quinto en el bolsillo.

En el bolsillo guardé el celular, aparato útil y estéril. Llegué sin ganas de entrar pero con un compromiso firmado a punta de caritas felices y signos de admiración en whatsapp.

En whatsapp acordamos vernos. Pensé que hablaríamos y al final arrojaríamos la charla al tacho. Sonreí y le abracé, ¿cómo va?

¿Cómo va? Sin un quinto —Alegría por la coincidencia mental— ¿En qué gasta? En la vida. Vida de mierda, vale todo —Lució como alegría por otra coincidencia— Subimos las miradas.

Las miradas se juntaron en el refrigerador que apuraba restos acuosos. Me contó el lío: alguien invitó a sus amigos y a la fiesta, llegó un ex amante; los roces de cocina terminaron en empujones contra las puertas.

Las puertas del edificio se rompieron. La de su estudio también, entró alguien y discutimos si era mejor invitar amigos, convenir usando el celular o congelar un muerto. Tremendas esas, las manías.

Las manías y nuestra fascinación por lo sucesivo. El punto divertido es que el muerto fuera un ex amante con más de un quinto. Golpeamos a alguien y todavía inconsciente, entró en el refrigerador. Pensé en ir a la biblioteca, fui.

Imaginario-tiempo-suspendido

Imaginario de tiempo suspendido

 

 

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