Aniversario de cubículo

Atención: lo que sigue son retazos de miseria vistos con desprecio. Evidencia de una observación descontrolada, subjetiva, irresponsable e incorrecta que me negué a abandonar y que para hacerlo, dejaré escrita sin más.

La escena es esta:

Un espacio de 3×3 metros iluminado con luz blanca. Sí, de esa que usan los ortodoncistas en sus consultorios.

Un cubículo que aloja a un gato durante más o menos ocho horas al día. Las paredes, silla y mesa ya huelen a él, cuadro nauseabundo aunque exhale un Bvlgari.

Globos de colores surtidos, inflados a pulmón y pegados en el techo con cinta adhesiva. Propiedad .inc.

Papelitos de colores sobre la mesa y “Feliz cumpleaños”. Antónimo de sutileza abominablemente suspendido justo arriba de la computadora.

Para que la sorpresa simulada sea un fraude auténtico, es importante que otros traigan ofrendas, caramelos y chocolates. El segundo hogar no es la jungla.

Y es que también son importantes los colores, los papeles, los globos. Y los colores y los papeles y los globos. Porque si no, ¿entonces cómo se festeja?

Siete vidas tiene el gato, un año más de cubículo.
¿Cuántas vidas llevará en esas?

 

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